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La realidad de cada sujeto está dada por el
“yo”, que es la evidencia de que existe. La “conciencia”, es
la certeza sensible de sí mismo y de sus actos.
Pensar en quién soy, darme cuenta de todo lo que me
concierne, y sentir y reconocer que sobre mi persona inciden
otros individuos, la sociedad, el tiempo, el espacio y la
historia, son los problemas con los que me enfrento.
Problemas que no puedo evitar, a menos que sea un ignorante
o un perfecto cínico.
El ser humano es pura conciencia de sí mismo. Nuestra
existencia es un espejo de cuanto hacemos y pensamos.
Nosotros somos un artefacto que tiene en su propio proceso
mental la medida y la noción de sus actos. No tenemos
naturaleza, en el sentido de una entidad autorreferencial
por el simple hecho de vivir, sino conciencia. Una
percepción y una capacidad de pensar sobre el mundo,
incluyendo nuestra experiencia, que nos distingue, nos hace
Ser.
Dice John Searle: “La conciencia es el hecho central de la
existencia específicamente humana, puesto que sin ella todos
los demás aspectos específicamente humanos de nuestra
existencia --lenguaje, amor, humor y así sucesivamente--
serían imposibles”. Y ella, la conciencia, y los fenómenos
mentales, ya sean conscientes o inconscientes, están
causados efectivamente por procesos que acaecen en el
cerebro. En el “alma”, decían Platón y Aristóteles, y en el
“espíritu”, Kant y Hegel..
En el orden de la superación humana, de ser cada vez mejor,
más íntegro, más confiable, persona digna de respeto y
admiración, la conciencia de sí mismo es fundamental. Ese
tenerse en cuenta entre los valores, entre los principios
que dimensionan la calidad de la vida humana de nuestro
tiempo, es la aprehensión que nos permite evaluar, situar y
precisar --y también corregir, perfeccionar-- nuestra
conducta y personalidad. Sin ese buceo en las profundidades
de nuestro ser, difícil será contrastar nuestro propio yo
con los otros, y sobre todo con las exigencias de “ser más”.
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